Por Diego Goral - El pasado lunes 26 de enero a los goyanos una noticia nos cayó como un golpe seco y difícil de digerir: el cierre de la planta textil de ALAL. No es solo el cierre de una fábrica. Es la interrupción de proyectos de vida, de historias laborales que se transmiten de generación en generación, de un entramado social que en ciudades como la nuestra no se recompone de un día para el otro. En comunidades como la nuestra, cuando una fábrica cierra, el impacto no se mide solo en números: se siente en cada hogar, es hablar de vecinos, de familias enteras que organizaron su cotidianeidad en torno al trabajo industrial, de comercios que vivían del movimiento que generaba la planta, de una identidad productiva que costó décadas construir. Por eso duele. Y por eso también exige algo más que resignación.