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9 | 2026-02-02 02:02:24


Goya no es una excepción: el cierre de ALAL y una política que asfixia a la industria textil


Por Diego Goral - El pasado lunes 26 de enero a los goyanos una noticia nos cayó como un golpe seco y difícil de digerir: el cierre de la planta textil de ALAL. No es solo el cierre de una fábrica. Es la interrupción de proyectos de vida, de historias laborales que se transmiten de generación en generación, de un entramado social que en ciudades como la nuestra no se recompone de un día para el otro. En comunidades como la nuestra, cuando una fábrica cierra, el impacto no se mide solo en números: se siente en cada hogar, es hablar de vecinos, de familias enteras que organizaron su cotidianeidad en torno al trabajo industrial, de comercios que vivían del movimiento que generaba la planta, de una identidad productiva que costó décadas construir. Por eso duele. Y por eso también exige algo más que resignación.

Quiero manifestar, en primer lugar y en especial, mi solidaridad con todos y cada uno de los trabajadores afectados, así como con la familia Alal, empresarios goyanos por excelencia, que siempre ha mostrado un compromiso profundo con nuestra ciudad: invirtiendo en empleo local y, más de una vez, acompañaron iniciativas sociales que buscaban fortalecer no solo la economía, sino también el tejido humano de Goya. Que una trayectoria así termine con este desenlace duele aún más, porque no estamos frente a una empresa desapegada de su entorno, sino frente a una industria integrada a la historia misma de nuestra comunidad.
Ahora bien, sería un error —y una injusticia— leer este cierre como un hecho aislado o producto de una mala decisión empresarial. Lo que ocurre en Goya forma parte de un proceso mucho más amplio y preocupante: La crisis de la industria textil argentina.

Según datos difundidos por la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) y recogidos por medios nacionales, durante 2025 la producción textil cayó alrededor de 24% interanual (en un marco donde la industria nacional cayó 2,9%) y trabaja al sólo 29% de su capacidad instalada; con una fuerte contracción del empleo formal en el sector. Desde diciembre de 2023 el sector perdió 16.000 empleos.

A lo largo de 2025 se sucedieron cierres y conflictos laborales en distintas provincias. ¿Repasamos? COTECA, en Catamarca suspensión indefina: 90 obreros suspendidos, TEXTILANA S.A. (Mauro Sergio, Pcia de Bs. As) suspendió 175 trabajadores; el Grupo DASS (zapatillas Nike, Adidas, etc.) en enero de 2025 cerró su planta en Cnel. Suárez (Bs.As.), este enero echó 23 empleados de su planta en El Dorado (Misiones) y avisó que sólo tiene producción garantizada hasta junio; en CABA, ESEKA S.A. (Cocot/Dufour) despidió 140 empleados, este enero TN&PLATEX, en Tucumán suspendió operaciones indefinidamente y echó 190 obreros, la misma firma que en noviembre cerró su planta en Monte Caseros, echando 17 personas y un poco después cerró también la que tenía en La Rioja con 62 despidos; luego le llegó el turno a Goya el cierre de ALAL significó unos 260 despidos en Goya, sumando a los de Villa Angela en Chaco llegamos a 300… pero no termina ahí el 27 de enero la empresa COTEMINAS (Arco Iris, Palette, etc) -en Santiago del Estero- despidió 112 trabajadores, más del 20% de su personal. Todo esto es sólo un ejemplo.

El denominador común de estos cierres no es casual, según los dichos de los mismos empresarios. Responde a una política económica concreta: una apertura importadora indiscriminada, implementada sin los controles mínimos que cualquier país que cuide su aparato productivo considera indispensables. No se trata de negar la necesidad de competir ni de vivir de espaldas al mundo. Se trata de advertir que abrir importaciones sin analizar posibles prácticas de dumping, sin mecanismos eficaces de prevención y sin políticas de acompañamiento a la industria local, es una receta conocida… y fallida, como lo vimos a finales de los 70’ y en los 90’.

El sector textil es particularmente sensible a este tipo de decisiones. Compite con productos provenientes de países con costos laborales, energéticos y fiscales radicalmente distintos a los nuestros; por caso China les subsidia la electricidad y el gas a las fábricas y les reintegra impuestos -como el IVA- en lo que exportan. Pretender que una fábrica de Goya, del interior profundo, compita en igualdad de condiciones con prendas importadas a precios artificialmente bajos es, lisa y llanamente, condenarla al cierre.

Lo más grave es que no se observa, en paralelo, una política seria de modernización o apoyo a la industria nacional. No hay créditos accesibles, no hay incentivos claros para invertir en tecnología, no hay una estrategia que permita ganar competitividad real. Solo hay mercado abierto y una confianza dogmática en que el ajuste, por sí solo, ordenará las cosas. La experiencia argentina demuestra, una y otra vez, que eso no ocurre.

Desde Goya, esta discusión no es ideológica ni abstracta. Es profundamente concreta. Cada puesto de trabajo industrial que se pierde aquí no se reemplaza fácilmente. No hay un mercado laboral alternativo amplio, no hay un Estado local con capacidad infinita para absorber la desocupación (y tampoco es su función), no hay tiempo social para “esperar a que el mercado acomode”. Y, por experiencia de los 90’ sabemos que, además, esto tampoco sucede.

Por eso, el cierre de ALAL debería encender una alarma que trascienda nuestra ciudad. No es solo un problema de Goya ni de Corrientes. Es el síntoma de una política que, en nombre de la eficiencia y la apertura, está desmantelando sectores productivos enteros sin ofrecer una salida.

Defender la industria textil nacional no implica negar la competencia ni aferrarse al pasado. Implica exigir reglas claras, controles efectivos contra el dumping, políticas de transición inteligentes y un Estado que entienda que el desarrollo no se decreta desde una planilla de Excel, sino que se construye cuidando el trabajo, especialmente en el interior del país.

Se argumenta que estas políticas permiten a la gente comprar más barato. Esto es parcialmente cierto; pero cuando la gente se queda sin trabajo ya no tiene dinero para comprar, ni caro ni barato, sólo podrá -apenas- luchar por sobrevivir: esto también lo aprendimos en los 90’.

Si Goya pierde su industria, pierde mucho más que una fábrica. Pierde futuro. Y cuando eso ocurre en decenas de ciudades a lo largo del país, ya no estamos frente a casos aislados, sino frente a una decisión política cuyos costos —una vez más— pagan los mismos.


#auspiciantes#

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