Por Ramón Cavalieri - cosas que no tienen precio, pero parece que, para algunos, tampoco tienen valor. Hace 24 años que en Goya el sonido de la calesita es el pulso de nuestras tardes. No es solo madera, luces y música; es el lugar donde los abuelos ven a sus nietos reír, donde los padres de hoy —que ayer fueron mis clientes— traen a sus hijos para repetir el ritual de la sortija.