Por Ramón Cavalieri - Hay pasillos escolares que tienen memoria, y si se hace silencio en las galerías de la Escuela Normal o la Escuela Comercial, todavía se puede escuchar el eco de una voz potente, rotunda, que llenaba los patios. Una voz que sonaba a orden, pero que en realidad escondía un amparo invisible. Durante décadas, coordinar dos colosos educativos de gran magnitud fue la misión de un hombre que rompió el molde del preceptor tradicional: Oscar Aristiqui. Inquieto, inquisidor, motivador y eterno solucionador de problemas, Oscar no solo controlaba las asistencias; se involucraba en la vida, los dolores y las alegrías de cada estudiante y de cada profesor que cruzaba el umbral.