
Pita no es médico, ni mago, ni Dios. Él lo sabe y lo repite. Pero cuando el "fuego de San Antonio" quema la piel, o cuando la medicina oficial baja los brazos, los enfermos terminan en su vereda buscando esa cinta que une la carne herida con el santo. Hay un don invisible que un ser superior le dio. Un don que también se transformaba en viento cuando agarraba su trompeta histórica y caminaba hacia la tribuna del Club Benjamín Matienzo. Ahí, donde las gargantas se rompen, la llegada de Pita y su banda lo cambiaba todo: la hinchada rugía y los jugadores corrían más rápido, como si su música inyectara una fuerza sagrada.
Nos sentamos en su vereda. Pasen y vean: aquí habita el hombre que cura con el silencio de un rezo y enciende pasiones con el eco de una trompeta. Creer o reventar. De eso se trata la vida de Pita.
El Altar y el Misterio de la Fe— Sos conocido por Pita, pero yo al menos no sé tu nombre —le digo, mientras mis ojos se desvían inevitablemente hacia el rincón sagrado del salón.
— Yo me llamo Domingo Alfredo Alfonso —responde con una mansedumbre que desarma.
Si uno dice Pedro Alfonso en Goya, nadie sabe quién es. Pero decís Pita, y la vereda se ilumina. Al entrar a su salón, el impacto visual es inmediato. Entre frascos de colonia y navajas, emerge la figura imponente de San Roque. No está solo; lo rodea un universo de estampitas, pedidos desesperados, fotos en blanco y negro y promesas cumplidas.
(Pita clava la mirada en el Santo. Hay un silencio espeso, de esos que erizan la piel. Se toma un segundo antes de hablar de la herencia más sagrada).
— Y bueno, eso viene de una historia de mi padre —dice, y la voz se le vuelve un hilo de nostalgia—. A ver, te voy a decir: mi padre la cuidaba desde antes. Y el papá de él, mi abuelo... Mi papá, cuando murió en el 83 con 80 años, me miró y me dijo: "Porque ellos vendrán y los curas, sabrán lo que van a hacer".
Cuando Pita se para frente a San Roque, el aire cambia. No hay misticismo de manual, hay algo más puro y visceral.
— Siento la fe —confiesa, y en sus ojos se nota el peso de los secretos que guarda este cuarto—. Porque acá vino gente de todo tipo y de toda clase.
La gente no viene solo por un dolor físico. Vienen arrastrando el alma, rotos por crisis familiares o dolores económicos. Se sientan en esas sillas a descargar lo que no pueden decir en otro lado. Pero Pita, con una humildad que estremece, ataja el elogio:
— Sí, vienen contando problemas personales. Pero yo les digo que no, que yo no hago nada. Yo ayudo a los chicos y a la gente grande que están con algún problema físico, como hacía mi padre, como él me enseñó. Con la bendición. Hasta doctores vinieron, te puedo dar nombres, por el tema del Fuego de San Antonio o Culebrilla, como le dicen.
(Corte de escena: El recuerdo en primera persona).Es imposible estar ahí y no recordar. Yo mismo vine un día a este salón con un dolor insoportable. Tenía Fuego de San Antonio en la pierna, pero el dolor me estallaba en los hombros. Pita me miró con la calma de los que saben y me dijo: "Sentate frente a San Roque". Me ató la cinta del Santo. Sentí sus manos curtidas haciéndome una especie de masaje en los hombros. Cuando salí a la vereda, el dolor había desaparecido. Uno puede llamarlo sugestión, milagro o buscarle la explicación científica que quiera; yo elijo contar lo que me pasó. Como dice el refrán: creer o reventar.
Pita sonríe apenas, como quien está acostumbrado a ver lo imposible volverse cotidiano.
— Hace más de 30 años vino una señora que, según decía, vomitaba un pelo de chancho —recuerda, y el tono se vuelve misterioso—. Y bueno, yo le dije: "Hasta ahí yo no llego, no sé si te voy a curar o qué". Algo malo tenía que haber porque tenía un negocio y le iba todo mal. Yo le mandé agua bendita, así me enseñó mi padre. Y de ahí se sanó esa mujer. Me dijo que quería dejar una ofrenda, pero yo no cobro. Hay una alcancía, eso sí, que se abre una vez por año para comprar leche para hacerle a los chicos.
La Peluquería y las Historias de Vereda(Corte óptico: La mirada se posa sobre el espejo central del salón. Un espejo antiguo, gastado por los años, que parece conservar la silueta de media ciudad).
En este salón de cuatro por cuatro funciona la peluquería con el corte más barato de Goya. Pero el precio es lo de menos. Ese espejo ha reflejado la identidad, las lágrimas y las alegrías de miles de goyanos. Es un confesionario con olor a lavanda.
— Sí, sí... acá cuentan cosas muy buenas y también hay cosas malas —dice Pita, mirando las sillas alineadas contra la pared—. Si les puedo ayudar, les ayudo. La peluquería es la excusa perfecta para que el vecino tenga un lugar donde sentarse a charlar.
¿De dónde sale el oficio? La respuesta viaja directo a la nostalgia de los años 80.
— Mirá, yo tenía una batucada que se llamaba Karisma Samba Show. Yo ya manejaba una máquina de esas de mano y le cortaba el pelo a los chicos de la banda. Ahí empecé a cortar. Después hice un curso.
El Carnaval de Antes: Tambores a Pulmón(El ambiente se llena de ritmo. Pita señala unas fotos viejas colgadas en la pared. Sus ojos brillan con otra intensidad: la de la pasión popular).
Hablar de Karisma Samba Show es tocar una fibra sensible de la historia de Goya. En la década del 80, esa agrupación musical llegó para romper con la hegemonía de las comparsas tradicionales. Fue una revolución que nació en el barro y el asfalto, a pura voluntad.
— Falcone, un muchacho de acá enfrente, nos fabricó todos los redoblantes y unos 20 bombos —cuenta Pita, y se le nota el orgullo en el pecho—. Empezamos a trabajar de noche. Después le incorporamos a Mizuki Ginochi. Nos preguntamos: "¿Por qué no hacemos un grupo musical?". Hicimos rifas, nos donaron una guitarra... También estaba Daniel González, que tocaba la trompeta. No era comparsa, era agrupación musical. ¡Era una novedad! Teníamos apenas unas 15 pasistas, todo lo demás era música pura. En ese tiempo los organizadores nos pedían que entrenos últimos, porque cuando entraba Karisma, la gente se descontrolaba y bailaba en la calle.
(Se produce un bache en la charla. El tono festivo cae de golpe al comparar ese pasado con el presente privatizado de los corsos).
— En el corso de la calle Colón no cobraban nada y la gente se divertía muchísimo —dice Pita, y el contraste duele—. Allí todos ganaban plata siendo gratis, los comercios vendían. Todo se hacía a fuerza de pulmón. Y ahora, mirá... ahora no te puedo comprar ni una pluma.
La nostalgia se vuelve luto por un segundo. La música también fue su refugio en el dolor más grande.
— Después hicimos otra agrupación llamada Tormenta Carioca, que siguió hasta que murió mi hijo de 25 años. Tocamos acá en Goya por todos lados: en cumpleaños, casamientos... Aquellos que vivieron esa época se acuerdan bien.
La Trompeta de Matienzo: Cuando la Fe se muda a la CanchaPero a Pita todavía le quedaba un rol más por cumplir en el corazón de la ciudad: ser el alma de las canchas de fútbol. Cuando jugaba el Club Benjamín Matienzo, el ritual era sagrado. La tribuna no empezaba a rugir hasta que se veía aparecer a Pita con la trompeta bajo el brazo y su banda de música. Su llegada inyectaba una fuerza casi mística que contagiaba a todos, incluso a los rivales.
— ¡Nos fuimos hasta Entre Ríos cuando jugó Matienzo contra Patronato! —exclama, y yo le sonrío porque yo también estuve en ese partido—. Yo tenía mis compañeros y otros que no lo eran, pero se sumaban igual. Se sumaron Daniel González, Víctor Ojeda... Nosotros habíamos tocado también cuando Huracán entró en el Regional. Ahí no importaba de qué equipo eras, tocábamos igual por el fútbol de Goya.
(Pita suspira, mirando hacia la puerta abierta que da a la calle. Extraña ese fútbol de antes).
— Yo sigo yendo ahora a la cancha, pero veo que antes había más emoción. Vos te ibas a la cancha y, si un compañero no podía pagar la entrada, se la pagabas vos; a los chicos también se les pagaba. Había otra solidaridad que hoy ya no se ve.
Un Legado de Orgullo AbsolutoNos quedamos en silencio en la vereda. El sol de Goya empieza a caer y las velas del altar de San Roque parecen brillar con más fuerza desde el fondo del pasillo. El hombre que tiene el aire para encender una tribuna con su trompeta es el mismo que guarda el silencio absoluto para rezar por la pierna herida de un vecino.
Le hago la última pregunta, esa que busca mirar el horizonte. ¿Qué le queda a Pita por hacer en su vida?
Pita no lo duda. No pide lujos, no pide fama. Se acomoda en su silla de peluquero, mira de reojo el altar de sus antepasados y lo dice con la voz llena de una dignidad invencible:
— Yo ahora siempre le hago todos los años a mi Santo su celebración. Lo voy a seguir haciendo mientras esté vivo. Le preparo el chocolate a las criaturas y hacemos la misa acá en la calle. Falta poco, es el 16 de agosto. Y ese... ese es mi orgullo de siempre.
Creer o reventar. De eso se trata, finalmente, la vida en la vereda de Pita.