


Con un panorama totalmente incierto, sin internet, sin celulares y sin computadoras, Carlitos armó un bolso, guardó su equipo de trabajo y se marchó. El destino final fue la mítica Costa del Sol, específicamente Estepona (Málaga), un paraíso flanqueado por Marbella, Puerto Banús y Torremolinos. Un lugar de hoteles cinco estrellas, campos de golf y refugio de la élite europea. Un mundo de lujo absoluto para un joven que solo llevaba encima sus ganas de triunfar. El camino no fue fácil, pero la osadía fue más fuerte que los obstáculos. Encontrarlo hoy en Facebook no fue difícil. Al intentar explicarle de qué se trata esta sección, su respuesta del otro lado de la línea me desarmó: "Yo te sigo, leí todo lo que escribiste. Te recuerdo como una gran persona y un buen periodista". Con la emoción a flor de piel, solo quedó encender el grabador e mí celular. Ya estaba él en el teléfono.
El salto al vacío y las veredas de la infancia
-¿Cómo recordás exactamente ese día en que decidiste dejar Goya con un bolso, tu equipo de odontología y dar ese salto al vacío en los años 80?
Carlitos: Nostalgias, mucha nostalgia, mi querido Ramón. Desde aquí siempre me acuerdo de esa primera vez que tuve que partir y cruzar el charco cuando todavía era muy joven. Era una mezcla de adrenalina, aventuras y ambiciones. Pero bueno, creo que era la mejor opción que tenía en ese momento, dado que la situación del país —como siempre en la Argentina— no resultaba favorable. Yo no es que fuera un vidente, pero sí me enteré de la necesidad de odontólogos en la salud pública que tenía España en ese entonces. Fue un momento muy oportuno en el que vine, aunque no deja de tener también un fuerte sentido emocional, puesto que tuve que dejar atrás mis mejores afectos: mi familia, mis padres, mi hermano... en fin, y miles de amigos que he tenido en el transcurso de esa juventud.
- ¿Cómo era esa Goya que dejaste en el mapa hace cuarenta años y qué recuerdos se te vienen primero a la mente?
Carlitos: tengo los mejores recuerdos. Es decir, la ciudad estaba en una situación que, la verdad, no era preocupante. Era una época de estabilidad, de goce; existían las empresas, los negocios, todo el mundo trabajaba... Quiera que no, era una ciudad prácticamente emergente, o por lo menos eso era lo que creíamos. Pero al ver la realidad hoy, nos volvemos al dicho que siempre se dice: "todo pasado siempre fue mejor". Solamente quedan, realmente, los amigos de siempre. Los amigos de la infancia, los amigos de la edad de la adolescencia... Todo eso que nos conveníamos siempre, nos reuníamos en el club donde yo me crié prácticamente, que era la Sociedad Sportiva. Ahí hice toda mi parte deportiva, en ese famoso club que es tan añejo, antiguo y reconocido en la ciudad de Goya.
"Muchos jóvenes se creen que venir a España es llegar y besar el santo. Emigrar es sumamente difícil; una cosa es venir de turismo y otra muy distinta es vivir el día a día"
-Nombraste a Sportiva. ¿Qué amigos se te vienen rápido al corazón si hacés memoria?
Carlitos: Amigos referentes tengo muchísimos; no podría nombrar a uno solo porque quizás algunos de ellos hoy en día ya no están, pero bueno, siempre existe un gran cariño a los que realmente se brindan y no a los que están por las apariencias de las circunstancias. Amigos realmente... es una palabra muy difícil de interpretar. Pero bueno, los años pasan y se mantiene siempre la existencia de ese don que Dios nos dio, que es la humildad y la perseverancia. Así que gracias a ellos siempre estamos dispuestos a reconocer lo bueno y lo aprendido en esa querida cuna.
De una "mentira piadosa" a la consagración europea
— La leyenda urbana decía que España no tenía suficientes profesionales. Al pisar suelo malagueño, ¿la realidad era tan así o tuviste que pelearla desde abajo?
Carlitos: La idea de venir a Europa nace de la asistencia a un congreso en la ciudad de Buenos Aires. Allí conozco a una persona que ya estaba radicada aquí en España y me invita a colaborar en su clínica; o sea, tentándome con unos ingresos bastante atractivos para la época. Había mucha diferencia en ese entonces con nuestro peso argentino. Entonces tomé la decisión de un día para el otro. Hasta tuve que mentirle a mis padres diciéndoles que iba a venir a hacer solamente un curso por tres o cuatro meses y que después regresaba. En realidad, mi intención interna era venir a estar tres o cuatro años acá y volver. Pero bueno, las cosas se dieron. Vine y tuve suerte, por así decirlo, aunque a la suerte hay que conseguirla, hay que lucharla, no aparece de golpe. Me salvó encontrarme con una gran parte de personas buenas, de esas que todavía se conocen por el mundo. Conseguí toda mi titulación, mi homologación de títulos y mi licenciatura en odontología. Fue así como comencé a hacer mis primeros pinitos.
— En esa época no había tecnología para acortar distancias. ¿Cómo hacías para comunicarte con tu gente en Corrientes?
Carlitos: En esa época la comunicación era muy difícil. Nos comunicábamos solamente por telegrama o por correo postal, y las cartas tardaban semanas o meses en llegar. Entonces, claro, la preocupación era constante por ambas partes, tanto de mi familia como la mía. Pero fue así como me movilicé y logré mi objetivo al poco tiempo de estar aquí. Con la salvedad, por supuesto, de que no fue para nada fácil. Emigrar es muy difícil, sumamente difícil. Hoy en día muchos jóvenes lo toman como si fuera una simple anécdota o una aventura, se creen que venir a España es "llegar y cantar". Realmente no es así. España es un país que, se quiera o no, aunque estemos en un estado bastante ruinoso políticamente en este momento, te da mucho, ya que pertenece a la Comunidad Europea y lógicamente tenemos muchos beneficios a través de ellos: la calidad de vida y la uniformidad que existe en el criterio de todas las cosas. La legalidad, y en fin, muchas cosas que realmente en Argentina todavía no se ven. Una cosa es venir de turismo, de viaje a conocer, y otra es vivir acá. Vivir en Europa también es muy exigente en todos los órdenes. Entre la Jet Set de Puerto Banús y los campos de Pádel
— Lograste asentarte en Estepona y Marbella. ¿Cómo fue tu recorrido profesional posterior y ese tremendo choque cultural con el lujo europeo de los 80?
Carlitos: Me instalé aquí y tuve la suerte de comenzar al poco tiempo mi carrera profesional, de la cual estoy muy agradecido porque conseguí todos mis objetivos. Lógicamente, las metas para mí eran la superación de cada día y también el avance técnico con respecto a lo que estaba acostumbrado allá. Por eso, estuve en Alemania, donde hice un máster en implantología. Al regresar a España comencé con todo mi carrera en la implantología dental; trabajé en muchos lugares, trabajé en Valencia, en Cádiz, en Ceuta y en Málaga. Me metí siempre de lleno, abocándome únicamente a mi profesión y a la especialidad. En realidad, el primer lugar donde residí, donde llegué y donde tenía el precontrato de trabajo fue en otra ciudad, donde permanecí durante algunos años. Luego, una vez que constituí mi familia, me asenté en Estepona. Pero Marbella fue la ciudad que prácticamente me escogió. Allí tuve un gran amigo y allí también participé en un club de pádel. Jugué a ese deporte a nivel competitivo hasta casi los cuarenta años y la verdad es que, gracias al pádel y a los amigos que hice, tuve la suerte de viajar, conocer muchísimos lugares y también conocer a mucha gente famosa. Estuve siempre rodeado por gente del buen vivir ahí en Puerto Banús. Pasaban figuras de la talla del cantante Al Bano, Valeria Marini, el torero Antonio Solís, estaba también la princesa Soraya... En fin, una serie de personajes que en ese momento para mí eran, realmente, el despertar de un sueño que alguna vez tuvimos todos. Después de eso, claro, lógicamente venía ya la parte donde yo tenía que dedicarme a lo mío, y fue así que me cambié a Estepona, constituí mi familia, nació mi hija y con el paso del tiempo me fui aclimatando a una nueva vida de casado. Hoy estamos aquí junto a mi señora, felices con nuestro matrimonio. Siempre adaptándome, hoy felizmente ya puedo decir que he cumplido mi objetivo.
Radiografía de la odontología española
— Llevás cuatro décadas ejerciendo allá. ¿Cómo son tus pacientes comparados con los argentinos y cómo funciona el sistema de salud dental en España?
Carlitos: Respecto a las personas que asisten a la consulta, los pacientes —ya sean de esta zona o de cualquier otra parte de España— son muy exigentes. No tienen ese carácter de sumisión que a veces yo veo en Argentina. Aquí se le exige demasiado al profesional, sobre todo en los protocolos y en los preliminares de una atención. Se exige un análisis exhaustivo, un interrogatorio clínico, una declaración informada, fotografías y datos detallados. En fin, hay que cumplimentar absolutamente todo de manera estricta, porque una cosa mal hecha, una negligencia profesional, siempre tiene sus consecuencias. De hecho, uno de los dentistas que pasaron por aquí, oriundo de la ciudad de Goya tuvo sus problemas por esto. Pero bueno, dejando atrás todo eso, el trato con el paciente es excelente.
"Mi cabeza muchas veces está aquí en Europa con lo cotidiano, pero lógicamente mi corazón siempre está en Argentina con mis seres queridos, con mis amigos y con mi tierra".
El cordón umbilical con la patria: "La tierra tira"
-¿Viajás seguido a la Argentina o preferís conocer otros destinos? ¿Qué sabés de nuestra realidad actual?
Carlitos: En realidad viajo asiduamente. No con una frecuencia exagerada, pero normalmente voy una vez por año, o cada un año y medio. O sea, la tierra tira. Me encanta mucho Buenos Aires, donde cada vez que voy me quedo unos días, y luego viajo hacia Goya. A veces la gente me pregunta allá: "¿Qué es lo que le ves a Goya viniendo de Europa?". Pero claro, es lo que a uno lo tira, la raíz de uno nunca hay que perderla. Es la que sigo manteniendo siempre, así que me siento feliz. De Argentina sé perfectamente todo lo que pasa y lo que está pasando. Hoy en día las redes sociales te ayudan mucho, pero además a mí me interesa personalmente el tema. Tengo amigos que me informan desde Buenos Aires, de Goya, de Corrientes, de Asunción, de Formosa... por suerte tengo amigos por todos lados. Entonces, claro, cada uno me cuenta su historia, sus necesidades o sus logros. De cualquier manera, sí es cierto que estoy muy concienciado con todo lo que ocurre en el país. Esperemos que todo encuentre su solución y que vaya mejor día a día, porque esa es la Argentina que uno quiere, la que todos deseamos.
— Sinceramente y sin filtros: ¿qué piensan los españoles de los argentinos y de nuestras costumbres?
Carlitos: Con respecto a lo que piensan los españoles de Argentina, ven que es un país muy rico, pero se agarran de la cabeza porque no entienden por qué está así continuamente. Ven esa mala costumbre de los partidos políticos, de la enorme cantidad de partidos que existen, donde cada provincia tiene sus no sé cuántos partidos locales y así sucesivamente. No comprenden cómo un país siendo tan rico, y que fue potencia en el mundo en algún momento, tenga esa realidad. Pero, por otra parte, les gusta mucho nuestra forma de ser. Sobre todo tienen una gran fascinación por la cultura de Buenos Aires. Además, siempre hay una coyuntura enorme en los nexos de unión entre argentinos y españoles. Allá en España también se comen sus buenos asados, o sea que no se extraña mucho en cuanto a la parte culinaria, porque realmente España es uno de los mejores países del mundo en gastronomía; se come muy variado y la carne aquí es realmente de muy alta calidad.
El dilema del regreso y un descanso merecido junto al mar
— El desarraigo siempre genera preguntas internas. ¿Se te pasó por la cabeza volver a vivir definitivamente en Goya?
Carlitos: Sí, en algún momento tuve la firme intención de volver a mi Goya querida. Pero, claro, para ese entonces yo estaba con mi mente puesta en que mi hija era muy pequeña. Yo pensaba en un plan a largo plazo, con los años, de convencerlos para volver todos para allá. Incluso conseguí unos inmuebles en Goya para residir allá y, con el futuro a la vista, poder mudarme. Pero al final, las decisiones de nuestros hijos son las que mandan. Lógicamente, uno propone y Dios dispone, y realmente fue así. Me quedé con toda esa inversión que al final tuve que ir vendiendo poco a poco. Desarmé todas las cosas para ya quedar radicado aquí definitivamente. Y bueno, la conclusión que saco realmente a veces es que mi cabeza muchas veces está aquí, con lo cotidiano, con lo normal. Qué sé yo, uno nunca sabe realmente lo que va a suceder, ¿no es cierto? Entonces miro siempre para adelante, nunca miro atrás, y veo que realmente estoy bien, que me siento bien en Europa después de muchos años y con muchas vivencias en tantas cosas. Pero lógicamente, claro, mi corazón siempre está en Argentina con mis seres queridos, con mis amigos, con mi tierra, ¿me entiendes? Entonces, claro, a veces es algo difícil de dirimir y uno tiene esa continua pelea interna. Por eso te digo que emigrar tiene su precio. No es fácil, es muy difícil. Al principio todo es muy lindo: la aventura, el conocimiento, la novedad de las cosas, el glamour, el lujo y esto o lo otro. Pero luego, el tiempo te acomoda en tu sitio y te hace ver que la realidad es otra. Así y todo, no me arrepiento absolutamente de nada. A veces siempre digo que uno debe arrepentirse de lo que no hace, no de lo que hizo. Lo que se hizo, de hecho está, y no se puede volver atrás. También quiero hacer un reconocimiento para todos aquellos que apostaron por mí en mis comienzos. Hoy en día se ven reconfortados como verdaderos amigos de ley. Porque muchas veces a la gente parece que le molesta el bienestar de otros; pero bueno, yo he conseguido los objetivos.
— ¿Cuál es tu presente hoy? ¿Te vas a jubilar o cuál es tu futuro en el final del camino?
Carlitos: profesionalmente ya acabé con la profesión. Hace tres años que ya me jubilé, o sea que hago una vida muy ociosa, muy tranquila y muy serena. Estoy haciendo lo que antiguamente no podía hacer debido al trabajo y disfrutando de este verdadero paraíso, de este hermoso lugar en el que Dios me mandó a permanecer junto al mar Mediterráneo y la playa. Disfruto a mi manera, como cada uno disfruta en la medida en que mejor le sea posible.
Apago el grabador y el silencio de la tarde goyana me devuelve a la realidad. Del otro lado de la línea, a miles de kilómetros, se queda Carlitos, custodiado por el azul del Mediterráneo. Pero sé que es una ilusión cartográfica. Porque un goyano nunca se va del todo; se lleva el río en la sangre, el eco de los amigos del club en el pecho y el chamamé en el alma. Al final, las veredas de nuestra infancia siguen intactas en su memoria, demostrando que la distancia puede cambiar el paisaje, pero jamás el suelo donde se hundieron las raíces. Gracias, Carlitos, por este abrazo hecho palabras a través del océano.