Especialistas advierten sobre la necesidad de diferenciar entre construcción identitaria, búsqueda de pertenencia y posibles cuadros de vulnerabilidad emocional en contextos de alta exposición digital.


El avance vertiginoso de las redes sociales y de la inteligencia artificial no es un fenómeno nuevo, pero sí lo son -según advierte el médico psiquiatra Emilio Hidalgo- las consecuencias cada vez más profundas que estas herramientas están generando en niños y adolescentes. Para el especialista, el problema no se limita al uso tecnológico, sino que expone una crisis más amplia vinculada a la pérdida de criterio, la saturación informativa y el debilitamiento de los vínculos familiares.
Hidalgo sostiene que el uso excesivo de redes sociales está teniendo un impacto psicológico de enorme gravedad. "Está llevando a que muchos jóvenes incluso terminen con sus vidas", afirma, al referirse al crecimiento de conductas autolesivas y pensamientos suicidas asociados a la exposición constante a determinados contenidos. En este sentido, remarca que no solo los menores se ven afectados, sino también adultos que "no están preparados psicológica e intelectualmente" para procesar el caudal de información que circula en el entorno digital.
Uno de los ejes centrales de su análisis es la saturación informativa. Según explica, la información actúa "gota a gota, paso a paso", hasta que termina sugestionando y privando a la persona de su capacidad de discernir. "No hay tiempo para discernir, es toda una invasión continua", advierte. En el caso de los adolescentes, esta invasión encuentra una estructura psíquica todavía en formación, con "falta de criterio y falta de madurez" para digerir contenidos muchas veces extremos o distorsionados.
El psiquiatra pone el foco en el funcionamiento algorítmico de las plataformas. Los jóvenes que interactúan más tiempo con redes sociales quedan atrapados en una dinámica que refuerza intereses y búsquedas previas, generando una burbuja que puede intensificar estados emocionales negativos. "El algoritmo los lleva a pensamientos suicidas", señala, al explicar cómo ciertos contenidos se retroalimentan y consolidan en función del comportamiento del usuario.
A esta situación se suma el impacto de la inteligencia artificial. Hidalgo reconoce su potencial utilidad, pero advierte sobre el riesgo de que los jóvenes asuman como verdades incuestionables resultados que no son más que la suma estadística de datos. "Generaliza y da por real lo que es la suma de unos cuantos datos", explica. El problema radica en que muchos adolescentes no dudan ni cuestionan: "Lo dice la inteligencia artificial, punto". Para el especialista, esta ausencia de pensamiento crítico agrava la pérdida de discernimiento.
La consecuencia directa es la confusión entre realidad y fantasía. Las redes muestran "lo que ellos quieren que veas, no lo que es". La exposición permanente a imágenes de éxito, cuerpos ideales, viajes perfectos y vidas aparentemente sin conflictos genera comparaciones constantes que impactan en la autoestima. A ello se suma la sobrevaloración de conductas agresivas o humillantes, como el bullying, que en determinados entornos digitales aparece normalizado o incluso celebrado. "Queda muy bien el atacar a los demás, el hacerse los gallitos", describe.
Hidalgo define este fenómeno como una de las adicciones más peligrosas del momento actual. Aunque muchas veces no se la nombre como tal, la dependencia a la conexión permanente y a la validación externa cumple, a su juicio, con los mismos patrones de otras conductas adictivas. Un niño o adolescente, advierte, "no tiene capacidad de administrarse en los tiempos ni en los temas" y puede terminar tomando como real aquello que es apenas una construcción virtual.
En su práctica clínica, el psiquiatra observa cada vez más pacientes "en crisis de valores" y con dificultades para integrar sus experiencias vitales. Habla de una falta de integración que afecta tanto al vínculo con la sociedad como a la relación consigo mismos. "Si yo me siento desconectado de mi propia naturaleza, de mi propio organismo, ando como lancha sin motor", grafica. La desconexión interna impide valorar lo propio y fortalece la tendencia a idealizar lo ajeno.
Para Hidalgo, la raíz del problema no es exclusivamente tecnológica. Considera que la familia atraviesa una crisis profunda producto de múltiples cambios culturales y sociales que han debilitado su función orientadora. En este contexto, cuestiona el rol pasivo de muchos padres frente al consumo digital de sus hijos. "¿Qué está pasando con los padres que permiten que todo lo que aparece en redes se tome como válido?", plantea.
Si bien reconoce que algunos Estados han comenzado a establecer límites de edad para el acceso a redes sociales, advierte que ninguna regulación podrá sustituir el rol parental. "Nunca va a ser el Estado el que sustituya a los padres", afirma. La clave, insiste, está en reconstruir la comunicación desde edades tempranas. La relación padres-hijos debe convertirse en el "hilo conductor de la salud emocional e intelectual". El diálogo en familia, compara, funciona como la comunicación entre células en el organismo: cuando una célula se aísla, enferma.
En ese sentido, propone fortalecer redes entre padres para compartir experiencias reales y generar estrategias comunes, no desde la imposición sino desde la comprensión de lo que está ocurriendo en cada hogar. La prevención, sostiene, no pasa únicamente por prohibir o restringir, sino por acompañar y educar emocionalmente.
Para el psiquiatra, la sociedad enfrenta una encrucijada que exige recuperar el norte. "La familia está en crisis y hemos perdido el norte", señala. Pero aclara que no se trata de cualquier referencia: "El norte no es cualquier norte, el norte es el norte". En su mirada, ello implica volver a colocar en el centro los valores humanos, el respeto mutuo, la capacidad de reflexión y la construcción de vínculos sólidos.
Las redes sociales y la inteligencia artificial, concluye Hidalgo, son herramientas poderosas que pueden resultar valiosas, pero en ausencia de criterio, madurez y acompañamiento familiar, se transforman en amplificadores de fragilidades preexistentes. La solución, lejos de ser exclusivamente tecnológica o normativa, requiere una reconstrucción profunda del entramado emocional y educativo que sostiene a las nuevas generaciones.
diario Norte